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De Quimeras y Ensoñaciones

Ceniza índigo

Ceniza índigo

Ir despacio, quería diluir en alcohol su vida presente, su hoy difunto, su peor estreno de puesta de negro -sentido, interno, propio -, quería olvidar despacio, ahogar el día en un recuerdo pasado.

Velar la noche en su compañía aun le confería esa confusa idea de irrealidad, de negación, de rechazo, un desdén de pesadilla a su cadavérica figura, allá recostada, sonriente, hermosa, maquillada, yaciente, a su lado, tan cerca que podría abrazarla, sus ojos, sus ojos cerrados para siempre le confundieron, no recordaba el color de sus ojos, eran oscuros, azul ceniciento, ceniza índigo, lo sabía, -¡Los había mirado tantas veces!-, y sin embargo ahora no los presentía, no percibía el color, no los soñaba, se escondieron tras sus párpados bajados cual celosías en las ventanas de una casa en ruinas.

Entró en otro bar, cabizbajo, ausente, sin ver a nadie, su corbata negra impecable, su porte digno, su edad madura, atraían miradas perdidas de cachorros ociosos de risas forzadas entre la niebla alucinada de sus pitillos artesanales.

Apenas recuerda de esa mañana de luto los abrazos que dio ó las manos que estrechó, las caras compungidas, las miradas húmedas, las palabras ausentes de ánimo, las tranquilizadoras, las acompañantes, las halagadoras, las tristes, las fingidas, las formarles, las políticas, las huidizas, todas tan artificiales como su talante adusto y complacido, firme, impasible, frío, el amo de un laberinto que conserva su templanza y fortaleza ante el terremoto que fusila sus paredes, que no se aviene a tristezas ni lamentos, que no entrevé sus miserias a ojos ajenos ávidos de compasión, de lamentos, de derrumbe, que cautiva con su mirada perdida, una mirada extraviada, tan igual y tan distinta a las demás, que divaga, la de alguien que tan sólo piensa en otra dimensión de matices, en el color que no puede captar, que no logra pintar, que no ve con los ojos del día, el color de otros ojos tapiados, de otra mirada ida, ausente, fenecida.

Las risas juerguistas le han echado del bar tras dos cervezas mal apuradas, olvida despacio, camina deprisa, busca en la noche otro cobijo decente donde perder el aliento y volar sin recuerdos, pausado, una rapsodia in crechendo, un final de un acto que acabó hace rato.

El tanatorio estaba concurrido con gentes pintorescas enlutadas y parlanchinas que aturdían el entendimiento y oprimían la luz del silencio con besos y preguntas, con dudas y respuestas, con una biografía de una vida que yacía entre algodones de una caja forrada de perdidas promesas hechas al viento del pasado pérfido que traicionero segó la vida sin darle tiempo a una despedida más futura, más avanzada en el tiempo, tras sueños logrados.

Tras aquel otro bar - donde su rústica palabra de campesino urbano ofendiese como una jauría de hienas la razón de unos mortales pagados de sí mismos, sufridos moradores de horas improductivas en suburbios donde el alcohol es más una forma que una distracción, hastiado de no hallar respuestas a sus ingenuas mentiras, sus piadosas y tercas convicciones de no afrontar la realidad, de conseguir el olvido, el vacío – sus pasos torpes y beodos le encaminaron a otro lugar, el principio de la libertad que había estado buscando tras tubos de cerveza y barras de bar.

Seguía sin ver con sus ojos el color de los de ella.

De loco, de loco le hubiesen tachado si supieran que ideaba con abrir la caja y retirar sus opacos párpados para verlos y retener su mirada, grabarla en un rincón de su alma, de loco, loco que aparentaba calma, que conversaba circunloquios en los que no decía aparentemente nada.

Pronto vendrán a buscarla.

Empujó la puerta, las maderas del local crujieron bajo sus fuertes pisadas, la barra del bar de aquel nuevo local se le antojó tan lejana que creyó no poder llegar, unas cuantas cervezas más y ya no recordaría nada, su éxito al alcance de unos vasos de cristal rellenos de espuma cuajada de estrofas adormecidas con aroma de lejanas batallas perdidas en arenas de desiertos vacíos, sin nada. Sus ojos no veían más que sombras sentadas alrededor de mesas adornadas con banderillas de sangre y trozos de hielo nadando en piscinas sin dueño. Tras la barra otra sombra le conminaba a dejarlo mientras él argüía que su dinero era tan bueno como el del resto de la gente de la sala y seguiría bebiendo hasta borrar sus recuerdos ó caer muerto.

Invitó a todos a una ronda. El murmullo de agradecimiento hostil le dejó indiferente.

Cuando no pudo detener el carrusel que giraba en derredor suyo, supo que lo había conseguido, ser el vencedor de la apuesta cuyo premio era el olvido por unas horas, pero fueron no más que segundos.

Tras la barra del bar, dos manos heladas sujetaron las suyas, el carrusel que hacía girar todas las cosas se detuvo de forma tan brusca que sin ese anclaje de hielo sobre sus muñecas hubiese besado el suelo desde lo alto de su caballito de cartón. Recuperó la lucidez. Maldito Idiota. ¿Qué hacía sobrio?. ¿Quién le había estado dando café?. Quería olvidar. Olvidar, olvidar.

No había pedido ayuda ni la necesitaba, menos de un extraño de un no tan extraño bar, se apresuró a sacudirse aquellas férreas manos frías de encima con un aspaviento que denotasen enfado y enojo, apoyado en expresiones verbales socarronas y petulantes, pero allí no había nadie. Nadie sujetó sus manos para no caerse. A nadie insultó con sus improperios. Nadie fue el benefactor de su invitación popular. Estaba solo en aquel antro mal ventilado.

Miró tras la barra del bar y allá tan sólo vio flotando unos ojos ceniza índigo que le miraban taladrándole, reales, palpables, los veía penetrando en sus propios ojos, en una mirada inversa, hacia dentro, buscando un acomodo en su interior, en un cofre sin llave, en un momento sin olvido.

Guardó aquel color para siempre.

Pasaron los minutos, las horas, conservando intramuros aquel color, haciéndolo suyo, vivido, eterno.

  • Sabíamos que te encontraríamos aquí – Les oyó decir- Vamos, papá, vámonos a casa-

Tras la puerta cerrada de aquel no tan desconocido bar que quedaba atrás, alguien había escrito sobre un anodino folio en blanco con manos temblorosas y frías : "Cerrado por defunción".

 

 

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